Hay una máxima que resuena constantemente en las conversaciones sobre transformación digital y gestión de datos:
“No te va a reemplazar un agente de IA; te va a reemplazar alguien que sepa usarlo.”
El miedo a la obsolescencia y la aversión al cambio son reacciones humanas. Aunque hoy solemos asociarlas al auge de la inteligencia artificial generativa, la historia es mucho más antigua. Basta con sustituir “agente de IA” por RPA (Robotic Process Automation), modelos de machine learning o cualquier tecnología que, en su momento, haya surgido para eficientar las organizaciones. Incluso la computadora personal o el correo electrónico fueron vistos alguna vez con recelo.
El patrón es cíclico: tendemos a oponernos a lo nuevo, y esa actitud suele trasladarse al ámbito laboral.
Sin embargo, en el caso de la automatización, esa postura es en gran medida infundada. Digitalizar flujos de trabajo no solo ahorra horas y mejora la operatividad; también elimina tareas que, en la práctica, nadie disfruta realizar. Revisar manualmente miles de facturas, capturar datos repetitivos o consultar múltiples plataformas para atender a un cliente no genera valor diferencial. Estas actividades mecánicas impactan negativamente en la productividad y en el aprovechamiento del tiempo.
Conviene aclarar a qué nos referimos al hablar de estas herramientas. Los RPA son componentes de software que automatizan tareas a nivel de interfaz de usuario; es decir, emulan la interacción humana (clics y tecleo) sobre las mismas pantallas que usaría una persona para completar una labor. Por otro lado, el APA (Agentic Process Automation) representa una evolución hacia una gestión inteligente, donde el software posee cierto grado de autonomía. Aquí, el sistema ejecuta acciones sin depender necesariamente de una interfaz gráfica, interactuando de forma técnica con bases de datos y servidores.
Finalmente, el machine learning y la inteligencia artificial buscan desempeñar funciones sin programación explícita, aprendiendo patrones a partir de la información disponible para cumplir una meta definida.
Estas tecnologías liberan a los colaboradores de la carga operativa de menor valor, permitiéndoles enfocarse en la analítica, la estrategia y aquellas decisiones donde el criterio humano es insustituible. No se trata únicamente de reducir costos o mitigar errores —factores ya de por sí relevantes—, sino de redefinir en qué se invierte el talento dentro de la organización.
Bajo esta óptica, la automatización no es solo una herramienta tecnológica. Es un habilitador de innovación, un mecanismo de alivio para los equipos y una vía concreta para impulsar la mejora continua. Precisamente por esta razón, hemos creado la nueva área de Automatización, IA y Analítica en Ferrer y Asociados: para llevar nuestra consultoría hacia el futuro.
La tecnología, bien entendida, no sustituye a la gente: eleva su capacidad, mejora su calidad de vida laboral y sienta las bases de un entorno donde la colaboración entre humanos y máquinas maximiza el potencial de ambos.
Francisco Jose Dominguez Sagarena
Socio Líder de Automatización y Transformación Digital